jueves, 18 de septiembre de 2008

MUNDO AFÓNICO

MUNDO AFONICO

CERO

Hubo un tiempo en que algunos hombres salían a la calle con libretitas y apuntaban lo que pasaba.

Procuraban estar siempre donde las cosas ocurrían y preguntaban a quien pudiera saber algo. Luego lo juntaban todo y redactaban los sucesos antes de que cayera la noche.

Estos señores presumían de ser objetivos e imparciales, y se enfadaban si alguien sugería lo contrario.

Aunque visto lo grande que era el mundo entonces, esta claro que no podía ser imparcial un hombrecillo con una libretita.

Por la noche, todos los sucesos redactados eran impresos en grandes hojas de papel. A veces con fotografías.

Por las mañanas, muy temprano, aquellas hojas de papel eran repartidas por la ciudad, y cualquiera podía comprarlas en unos establecimientos pequeñitos que había en las esquinas.

Dentro de esas casitas había siempre alguien, que no se iba hasta que había vendido todas las hojas.

De esta manera, nuestros antepasados, mientras desayunaban, podían abrir las hojas y se enteraban de todo. Entre el café y el churro, una inundación o un estreno teatral, con el zumo de naranja, las decisiones de un gobernante o el resultado de un acontecimiento deportivo.

Así se organizaban, y empezaban el día con la realidad abierta de par en par encima de la mesa. El mundo en canal haciéndose sitio entre tazas y el cuchillo de la mantequilla. Luego, si algo les interesaba, doblaban las hojas en cuatro y leían más detenidamente algún trocito. Como si acercaran una lupa al mundo para ver algo en sus detalles.

Esos tiempos han pasado, pero pueden volver, como volvieron los pantalones de campana.

Ya te contare más curiosidades en otra conexión.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Me afeito

Me Afeito por la noche y en el espejo ordeno a la barba no crecer.
Por la mañana amanezco liso como el culito de un niño y no te araño.
Esa es la prueba definitiva de que soy perfecto.
Y tú dices que algo falla.
Yo estuve en cuarentena antes de llegar a ti. Mucho tiempo. Cuarenta y un días para ser exacto.
Los hombres de las batas me hacían pruebas y se miraban a los pies de mi cama. Cuchicheaban.
Yo aguzaba el oído y los oía decir que no podía ser, que tanta perfección, que los instrumentos pueden fallar. Y el de las barbas decía que había que repetir las pruebas.
Sospecharon que yo escuchaba. Desde entonces se retiraban detrás de las cristaleras a deliberar.
Yo aprendí a leer los labios.
Los hombres de las batas decían que el ser humano es imperfecto por naturaleza, que tanta perfección no podía ser buena. Que tenían una responsabilidad, no me podían dar al mundo y ahí queda eso. Y el de las barbas insistía en que había que repetir las pruebas
Sospecharon de mí y dejaron de hablar tras el cristal. Se retiraron al cuarto contiguo a deliberar. Yo aprendí inmediatamente a leer sus mentes.
Los hombres de las batas estaban preocupados porque el tiempo se acababa y necesitaban las instalaciones para analizar un extraterrestre y un unicornio alado. Tenían que tomar una determinación. Ya tenían toda la documentación. Lo más lógico era destruirme por el bien común. El mundo no estaba preparado. Y el de las barbas tenía problemas morales y técnicos, insistía en que había que repetir las pruebas una vez más.
Mi instinto de supervivencia funcionó tan perfectamente como todo lo demás y los llamé con el botón de la cabecera.
Vinieron enseguida.
Les conté que si me soltaban, me limitaría a buscarte y pegarme a ti como una lapa, colocarte en tu pedestal y mantenerte ahí hasta el fin de mis fuerzas. No usaría mi poder para el mal. Ni para desestabilizar, ni para darle la vuelta a nada.
El hombre de las barbas dejó de pensar que había que repetir las pruebas y me miraron así, como tú me estás mirando ahora.
Pues claro que puedo leer la mente.
Ahora mismo estás pensando que sería capaz de inventar cualquier historia para no perderte.

Tema: el pedestal. ¿La vida? ¿El amor?
Argumento: Trola perfecta en una situación desesperada.


by bernar
(leido por danielon con fruicion y entusiasmo)

EL CENTRO DE LA TIERRA o LAS BRAGUITAS BLANCAS CON LACITO

EL CENTRO DE LA TIERRA

Apagué el despertador tres veces. Es la hora y aún estoy en la cama. ¿Dónde están las alas que da el amor?
Por fin salto de la cama y caigo en los zapatos.
Al incorporarme noto que el suelo está más cerca que nunca. No soy más bajo. Sólo son mis pies que se hunden en el piso.
Me cuesta trabajo ponerme los pantalones, porque tengo que levantar tanto los pies, porque me sigo hundiendo, porque, porque. No hay tiempo para explicaciones.
Es la hora, pero tú siempre te retrasas cinco minutos.
No pierdo tiempo afeitándome porque ya no llego al espejo del baño. Me tengo que lavar la cara en el bidé.
Cuando espero el ascensor el piso me llega por la cintura. Casi no llego al botón.
Menos mal que hemos quedado en la esquina. La gente no me ve. Tengo que esquivarlos para que no me pisen la cabeza.
Teníamos que haber quedado en mi casa, pero eres tan así.
Llego al quiosco justo a tiempo, te veo acercarte mientras acabo de hundirme.
Ya estás aquí y no me ves, mi cara está justo una cuarta debajo de tu tacón.
Te tiro besos mientras me alejo lentamente. Adiós amor.
Lástima, hoy que te habías puesto las braguitas blancas con lacito.



BY BERNAR ( joé )

Arroyo

Ejercicio: el espacio protagonista del relato.

ARROYO

La seña Conchi me sonreía cuando entraba en su tienda y me saludaba todos los días:
- Buenos días, cordobés.
La culpa era mía, porque una extraña enfermedad me impide sentirme de un lugar si no conozco el gentilicio. Por eso le pregunté si las gentes de Arroyo eran arroyenses o arroyanos.
Le pregunté a ella porque parecía estar en ese mostrador desde antes de que Arroyo fuera Arroyo.
Me miró de arriba abajo y me dijo:
- Gente de Arroyo, nada más.
Desde entonces fui el cordobés. Hasta que llovió.
Ese día no quise cruzar la calle porque la calzada estaba encharcada. Decidí cruzar más abajo.
Al doblar la Calle de las Flores descubrí que el paso de peatones estaba inundado. Tal vez más abajo.
Comprendí porque el escaparate de los chinos era curvo, en realidad era un meandro. El agua se arremolinaba y bajaba con más violencia aún. Tenía los zapatos calados ya. Tal vez más abajo hubiera un paso seco.
Bajé hasta la curva del polideportivo, las pesadas tapas de alcantarillado saltaban alegremente borboteando agua clara. Más abajo estaba el mar, no se podía bajar más. El agua ya me había empapado hasta las rodillas, no tenía nada que perder.
Me dispuse a cruzar ignorando el agua.
No estaba tan fría. Fue agradable y me dejé llevar por el impulso. Subí por el centro de la calzada, el agua subía por mi empeine salpicando juguetona. Cerré el inútil paraguas para usarlo como bastón.
Me crucé con un vecino que bajaba silbando, también por el centro de la calzada y me saludó con un levantamiento de cejas, propio de gentes del lugar.
Cuando entré en la tienda de la Seña Conchi sonreí pero no me saludó. Creí que le molestaba que le mojara el suelo de la tienda.
Pero no.
Cuando pagué me devolvió unas monedas que no esperaba y me dijo:
- A los de Arroyo les hago el cinco.


by bernar ( copyleft) ( manipulable 100%) ( este texto ) (para compartir, como caladas de celtas cortos en el verano de 1981...)

mírame

Empezaremos de nuevo.
Fingiré no conocerte y me haré el encontradizo.
Dejaré flores en las esquinas para que las encuentres camino al trabajo.
Sabrás que son mías.
Desconfiarás al principio y pensarás en mi cuando no esté.
Me pondré el traje de los domingos y hablaré con tus padres. Pasearás de mi brazo y saludaremos a los conocidos.
Mírame.
Te daré mi hombro en el cine, cuando te asustes, cuando te duermas.
Te besaré en tu portal y las interminables despedidas nos parecerán cortas.
Copiaré poemas y juraré que los escribí para ti. Ya sabes lo mal que escribo.
Te esperaré en la puerta de la iglesia con una flor en la solapa y una corbata horrorosa.
Tu madre llorará. Tu padre repartirá puros. Mis primos tirarán arroz.
Como aquella vez, serás mía por primera vez.
Mírame.
Construiré nuestra casita en cualquier lugar, junto a un árbol centenario.
Serás feliz. Otearás el horizonte esperando mi regreso al atardecer.
Discutiremos por tonterías sólo por el placer de reconciliarnos.
Llenaremos la casa de niños, construiré un columpio en el árbol. Les curarás las pupas con besos.
Nos arreglaremos los domingos, saldremos a pasear.
Y nunca, nunca volveré a ponerte la mano encima.
Mírame.
Mírame cuando te hablo.


by bernarl( copyleft)

lunes, 29 de octubre de 2007

taller de radio y otros cuentos

!que prematura decisión de comenzar una casa por el tejado!
Este pasado fin de semana he participado en un proyecto de curso de radio en modo iniciación. La cuestión es que no ha estado mal, si bien podría haber estado bastante mejor.
Para empezar, nunca me vi en la necesidad de adaptarme a mis compañeros ya que me trataron como si fuera de su grupo, que no lo era por supuesto, por la obviedad de la diferencia de edad. Sin embargo, me he sentido a gusto, muy a gusto, como hacía tiempo.
Da vértigo, los dos mundos tan cercanos y tan separados por abismos. Me refiero a los dos mundos: el de los años mozos y el de los años cuasicuarentones, que son los míos.
En fin, lo de menos ha sido el curso en sí, que valer lo vale, ya
que lo interesante ha sido esa agridulce mezcla de inocencia, inquietudes satisfechas ( las mías, desde luego) y alas para volar.
Gracias de todo corazón, a todos. ( Esto estaría mejor con musica de David Gray como fondo)
Así que por que no os paseais por su música, es como un parque llenos de flores y árboles en una tarde de primavera.

jueves, 31 de mayo de 2007

EL HOMBRE MALO

La rutina me convierte en adivino.

Al doblar la esquina el niño preguntará por su madre y dirá que le duelen los pies.

Yo le preguntaré si quiere montar a caballo y a él se le olvidará todo.

No conozco la culpa ni caigo en el chantaje de la vocecita. Simplemente el niño pesa poco y no me importa llevarlo a hombros los últimos metros. Es más cómodo para mí.

Al cruzar la verja del colegio el niño me espolea con la cadera:

- Arre caballo.

Yo simulo un ligero trotecito y un día más el niño entra saludando a sus compañeros como un vaquero. Uno de sus compañeros tiene un pony en el campo, pero ninguno entra al trote como él todas las mañanas.

También entra en la rutina el hombre del coche grande.

Cada vez que salgo esta ahí, aparcado sobre la acera, en el sitio que nadie más puede ocupar, porque sólo ese coche puede subir el escalón.

Un coche de estos gigantescos que en la publicidad pueden subir a la cima de las montañas.

Yo veo desproporcionado llevar todas las mañanas a un niño tan pequeño en una máquina tan grande.

El hombre no me mira, nunca me mira, pero esta vez tiene la ventanilla bajada y el antebrazo apoyado. Veo el tatuaje, una maraña de líneas de colores que se pierden codo arriba.

Al día siguiente la ventanilla bajada de nuevo y esta vez la camiseta deja ver hasta el hombro. Se intuye el final del tatuaje. Es una serpiente que sube desde la muñeca hasta la espalda enroscándose a lo largo de todo el brazo. Evidentemente el señor se estaba dando a conocer a su manera. No se si sólo a mi o a todos los padres.

El tercer día no había camiseta. La serpiente no iba hacia la espalda, sino que volvía sobre el hombro para mostrar las fauces amenazantes dirección al cuello. Una obra de arte y al mismo tiempo una imagen aterradora. Solo pude retirar la vista cuando había llegado a su altura.

El hombre abrió la puerta impidiéndome el paso y me invitó a café. Yo acepté enseguida, por curiosidad, pues tampoco conozco el miedo.

El hombre no se ganaba la vida hablando. Pero no quería contarme nada de su oficio porque según él, cuanto menos supiera, mejor para mí.

Sólo dijo que no estaba orgulloso de algunas cosas que ya no tenían remedio. Me contó que su trabajo le obligaba a ausentarse unos días y estaba buscando alguien para que se ocupara del niño. Pagaba bien.

A mi lo único que me conmueve es la sinceridad y estuve a punto de sincerarme con el hombre pero no me dejó. Le bastaba con ver como entraba cada día con el niño sobre la espalda.

Cuando me estaba guardando el sobre en el bolsillo sin abrirlo, note un buen fajo de billetes.

El hombre me dijo que si no volvía en cinco días, lo había preparado todo para que yo recibiera mucho más.

El siguiente día recogí a dos niños del colegio. El coche grande no estaba subido a la acera.

El pequeño se adaptó inmediatamente y congenió rápidamente con mi chico.

Merendaron estupendamente. Luego abrieron la caja de los juguetes y pusieron el salón patas arriba. Me tuve que poner serio y recogieron en un plis plas. Como se aburrían mande al chico a enseñarle la casa a su nuevo hermanito mientras yo hacía la cena.

Una tortilla de gambas. Eso nunca falla.

Vinieron corriendo. Habían visto a alguien en el sótano. Yo les pregunté si habían abierto el congelador y no contestaron. Uno de ellos tenía un alambre en la mano. El nuevo no tenía culpa, pero el otro sabía que no se podía tocar ahí.

Querían enseñarme. Los seguí hasta el sótano. Ellos bajaron primero y yo no tuve que bajar todas las escaleras. En cuanto vi la cadena en el suelo, volví arriba y cerré la puerta con llave.

Ahí los dejé encerrados. Si son mayorcitos para abrir un candado con un alambre, también son mayorcitos para entender que yo soy el malo de este cuento.