lunes, 26 de marzo de 2007

REVOLUCION INDUSTRIAL

REVOLUCION INDUSTRIAL

Erase que se era, una pequeña ciudad en la que el hijo del mejor artesano pasaba el día pensando en vez de practicar con las manos.

El artesano le decía que podía pensar mientras tejía alpargatas pero el muchacho se quedaba mirando por la ventana con el labio colgando.

Tenía un plan.

El padre se hizo viejo y murió sufriendo porque su hijo arruinaría el taller.

El muchacho montó una fábrica y empleó a muchachos del lugar. Colgó un retrato de su padre y se convirtió en el mayor productor de la zona.

Se convirtió en el Dueño de la Fábrica. Por las mañanas paseaba por las máquinas y le acompañaba un obrero de confianza con una botella de aceite.

Cuando una máquina chirriaba, se paraba, la observaba detenidamente y le indicaba al obrero donde debía soltar la gota de aceite.

Saludaba a los operarios de cada máquina al pasar, y les preguntaba que tal.

Los operarios decían:

- Muy bien, señor, ayer clavé mil puntillas.

Entonces el Dueño de la Fábrica respondía:

- Estupendo, mañana mil una.

Y les daba una palmadita en la espalda.

Con el tiempo, los operarios se convirtieron en los mejores clavadores de puntillas del mundo, y el Dueño de la Fábrica todos los días les pedía una más.

Pero un día se encontró con un operario que tenía mala cara, y le preguntó por su salud:

- Yo estoy bien, señor, pero mi mujer está enferma, y estoy preocupado.

El Dueño de la Fábrica le metió unas monedas en el bolsillo y dijo bien alto:

- No te preocupes, todo va a ir bien, somos una gran familia.

El operario volvió al trabajo con redobladas energías, al igual que sus compañeros, y esto llenó de satisfacción al Dueño de la Fábrica.

Al día siguiente, el Dueño de la Fábrica hacía la ronda habitual y cuando preguntó al primer operario, este le contestó.

- Mal señor, ayer me di un golpe en la rodilla.

- Regular, no veo bien desde hace unos días – dijo otro –

- Fatal, los compañeros no me hablan. – dijo el siguiente –

El dueño de la fábrica se encerró en el despacho y se preguntó porque de repente todos tenían problemas. Pero no pudo pensar más porque los lamentos de los operarios empezaron a hacerse más fuertes y el cuadro de su padre se iba a descolgar del clavo.

Cuando salía, para buscar un sitio tranquilo y poder pensar, un operario le gritó que la máquina chirriaba y no pudo evitar pararse para localizar el engranaje. Pero entonces los obreros le gritaban: ¿Qué pasa con lo mio? ¡Yo tengo mañana una boda! ¡A mi me han salido sabañones! ¿Y yo que?

El dueño de la fábrica se subió a una banqueta y gritó:

- ¡Se acabo!, todo el mundo a trabajar. Solucionaremos los problemas uno a uno. Al que se queje en horas de trabajo lo despido.

Y volvió a despacho. En silencio ya, pensó que mejor sería no preguntar más a los operarios que ya tenían un nivel de rendimiento más que aceptable.

El dueño de la fábrica puso un buzón para que los empleados se quejaran por escrito y dejó de pasear por la fábrica.

Con el tiempo, las reclamaciones de los operarios se iban unificando. Ya sólo se quejaban de los chirridos ensordecedores de los engranajes que nunca se engrasaban.

Los operarios ya no miraban al jefe a la cara. Cuchicheaban entre si y se juntaban en la hora del bocadillo para quejarse entre ellos y decir cosas malas.

Un día, en el buzón de reclamaciones, el Dueño de la Fabrica encontró una nota confeccionada con recortes de titular de periódico que decía:

ESTO SE VA A ACABAR, EXPLOTADOR.

Y tuvo el tiempo justo para salir de la fábrica, porque todo estaba ardiendo.

El Dueño de la Fábrica y los operarios vieron como se consumía el lugar donde tanto tiempo habían trabajado y todos, unos más otros menos, soltaron alguna lagrimita.

Y es por eso, que desde entonces, los dueños de las fábricas van en coches con los cristales tintados y las máquinas tienen depósitos de aceite que hay que rellenar de mucho en mucho.

Y colorín colorado…



By Bernar, read by Danielon